Los Sincretores presentan "7 minutos" | LandingMX

Wednesday, October 17, 2018

¿Mi nombre?… Mi nombre es intrascendente. El decirlo no cambia el curso que mi vida tomó. Lo que ha sucedido es incorregible, e innegable.

Me gustaría saber cómo es que empezó todo, cómo llegué hasta este punto, pero mi memoria parece traicionarme. Me encuentro a la deriva, intentando descifrar los acontecimientos previos a este instante, en que me cuestiono la vida que llevé.

Miro a mi alrededor. El blanco reina las habitaciones de este lugar. Todo parece ser tranquilo y el único ruido que disturba es el sonido del recuerdo. Es un eco que resuena constantemente en mi cabeza, pero yo sé, que algo esconde en su profundidad. Al mirar por la ventana del lugar, el cielo es tan azul que parece irreal.

Las nubes que lo acompañan también parecen ser perfectas, o al menos, así me lo parece. Desde que llegué aquí lo único que he hecho es pasar los días mirando la “perfección” que se asoma por aquel horizonte. Han pasado días, semanas, y tal vez meses. El tiempo ha dejado de existir para mí, aunque sé que sigue su curso porque el sol y la luna cambian de turno en  su momento.

Lo cierto es, que el eco de mi mente no es el único que me acompaña. Una voz extraña a mi me visita eventualmente.

¿Por qué no puedo verte?, pregúntole. ¿Por cuánto tiempo más tendré que contemplar la estancia incolora que me rodea?

Si me respondiera, borraría su respuesta. A veces me pregunto si en realidad quiero hallar una.

El alimento se ha convertido en algo monótono y sin sentido ya. Recuerdos se aglomeran en mi y siento una nostalgia inmensa al saborear la sopa que de niño mi madre me preparaba. Es curioso esta sopa me recuerde tanto a mi madre, al comerla, su rostro aparece de inmediato ante mis ojos. Ahí está, frente a mí, con sus manos delgadas y sonrisa sincera.

Sus ojos emanan tranquilidad, en ellos siempre encuentro paz. Paz, que lamentablemente es efímera. Así, de la nada ella aparece, en un parpadeo se va. La soledad y una angustia silenciosa vuelven a invadirme. Y por más que la invoco de nuevo, ella no suele volver.

Regularmente, cuando ella ríe, y sus labios susurran algo, es cuando se desvanece. Cuando se va, me pregunto en dónde se esconde. Sonrío al pensar eso porque ya sé la respuesta. Ella pertenece aquel lugar hueco de recuerdos, memorias y emociones sepultadas bajo los escombros de la incógnita.

Cuando de mi mente ella se esfuma, suelo tratar de refugiarme en alguien más, pero nunca llega.

Mi padre es un nebuloso personaje  en mi memoria, y aunque siempre me he mantenido al margen, una parte de mi me reafirma que en este rompecabezas de mi vida, él representa una pieza central. Ojalá supiera el porqué. Hay algo en él, algo que se esconde tras su figura.

Aunque, al contrario de mi madre que siempre trae luz; al resurgir mi padre de entre las cenizas, algo se vuelve inquietante; aquel cielo tan azul junto a sus “perfectas nubes”, parecen perder su encanto.

Cuando las estrellas aparecen ante mis ojos, me encuentro ante un silencio aún más austero que el que me acompaña durante el día. Obligo a mis recuerdos a someterse y descifrar la verdad que en ellos se oculta. Ante la oscuridad, la verdad comienza a relucir ante mí. Entonces, ella, de algún lugar de mi mente, es invocada a la superficie.

Recuerdo cómo era pasar el tiempo a su lado. Recuerdo que de entre todos a quienes solía conocer, ella era la mejor para escucharme. Fue mi fiel confidente durante tantos años. Se parecía tanto a mi madre, pero poseía los ojos de mi padre, aunque en ella se veían tan hermosos y puros. De entre los tres, ella era la mayor. ¡Ah!… de entre los tres… Sí. También estaba él, el más pequeño de nosotros. Él era enfermizo, y muy delicado. Parecía como si siempre necesitara protección, aunque, irónicamente, se convertiría en el más fuerte.

Con el tiempo, tras todas las desdichas que nos destruyeron, mientras nosotros nos devorábamos,  él sacó a relucir su coraje, el cual, si me hubieran preguntado en esos momentos, me parecía inexistente. Si mi madre hubiera visto en lo fuerte que se convirtió, lloraría de alegría y orgullo, y papá se sorprendería, hasta en sus entrañas la vergüenza se haría presente, pues él siempre lo juzgó como cobarde.

Al final, si me pongo a pensarlo, el mundo -o al menos mi mundo- nunca se ha regido por la justicia, o la coherencia. Ha sido la ironía quién ha reinado en mi vida. Ella, con crueldad y su risa sarcástica, parece que siempre se ha burlado de mi. Ahora mismo lo hace, porque puede que con el pasar del tiempo empiece a recordar muchas cosas, pero aún así, particularmente, no recuerdo nada en concreto sobre mí.

La mañana llega de nuevo, con una nueva voz. ¿Será real? ¿Será un fragmento de los recuerdos que me cazan a diario?