Recuerdos… es lo único que hay en mi memoria, algunos me atormentan, pero otros me recuerdan que vale la pena vivir, aún si todo parece estar en tu contra. Saben que los recuerdos son hechos que nos impactan de alguna manera, por eso los evocamos. Pero hay ocasiones que solo los recordamos porque sí, y uno de esos recuerdos es el de mi amigo, no recuerdo mucho de él, pero recuerdo cómo lo conocí.
Todo comenzó en una tarde de invierno cerca de las fiestas decembrinas. Estaba ayudando a mi madre con las compras de la cena de Nochebuena. Me pidió que fuera al supermercado por una lata de leche condensada, ya saben, para hacer ensalada de manzana. Una vez que estaba escogiendo el producto que me encargó mi madre, vi que a mi lado estaba una joven que no podía alcanzar el estante de las latas. Así que hice lo más lógico y le ayudé a alcanzar una. Ella me dijo -¡Gracias!- a lo que respondí con un simple -De nada-, al ver su rostro me percaté que era mi compañera de clases.
Después de traerle el encargo y apresurarme para comenzar a preparar la dichosa cena en casa con mi mamá, cena que tristemente recuerdo muy bien. Desde mi hermano enfermo, hasta mi papá golpeando a mi mamá. Mi hermana intentando consolarme con una muy bonita mentira que hasta ahora suena en mi cabeza “todo estará mejor, se paciente”.
No saben cómo odio que me digan mentiras, después de terminar las vacaciones de invierno volví a mi colegio, que, si mis memorias no me fallan, era como una prisión. Pero claro ¿cómo no iba a serlo?, mi imaginación estaba más allá de esas paredes que me alejaban de lograr lo que yo más deseaba.
Cada tarde después de la escuela llegaba a casa. Mi madre estaría haciendo la comida mientras mi padre intentaba ser el “hombre de la casa”.Aún me pregunto. ¿Qué significaba para él ser el hombre de la casa?
Cada vez que recuerdo a mi papá lo hago con tanto odio, me gustaría no recordar, corrijo mis palabras y mis sentimientos, me gustaría no volver a vivir mi niñez. Normalmente cuando mi madre nos veía a mi hermano y a mí llegar de la escuela, ella solo sonreía ante su miedo a decir algo erróneo frente a mi padre. Mi hermana era quien se acercaba a nosotros para recibirnos. Así pasé muchos años de mi vida, sabiendo la clase de familia con la que vivía; no era fácil ocultar mis lágrimas frente a mis hermanos y mis padres. Mi hermana se enorgullecía al decir que yo era muy valiente. ¡Otra mentira de su parte! ¿Cómo lograrlo?, ¿cómo poder ser valiente? Cómo poder ser valiente cuando sabes que la vida te da la espalda justo cuando piensas que te está dando la mano. Pero ese desconsuelo, esa amargura, esa pena no se comparaban con la de mi madre en absoluto.
Cuando crecí todo empeoró. Mi hermana se fue de mi lado y todo se hizo más difícil, mi padre se culpaba él mismo y a mí por la conducta de mi hermana. Le gustaba recordarlo cada día, solía decir: “Esto es tu culpa”. ¿Cómo iba a ser mi culpa? Constantemente me repetía que yo debería comportarme como un macho. Al marcharse mi hermana, mi madre enfermó y mi hermano solo me preguntaba -¿Cómo va a estar mamá?- Yo tenía que ser fuerte por mamá y por mi hermano. ¿Y mi padre? A él no le importaba cómo se sintiera mi mamá. Mientras yo escondía mi tristeza, mi padre reflejaba su ira en una botella y en mi cuerpo, ya no soportaba un día más, la pregunta primordial aquí era: ¿cómo logré salir adelante?
Mi padre siempre me decía –Tienes que aprender a sobrevivir en un mundo injusto– cuando lo único injusto de mi vida era él. Si comparamos mi vida con el infierno, creo que el infierno podría ser más placentero, ya que al menos dicen que ahí el diablo no es tan severo.
Por mi mente pasaban imágenes, imágenes que, aunque no lo parezca eran difíciles de recordar, puesto que los impulsos de ira desenfrenada de mi padre se reflejaban en causados por la bebida. Jamás combinen la ira y el alcohol. Si lo hacen esta combinación los llevará a hacer cosas de las que luego se pueden arrepentir. Espero que mi padre se haya arrepentido de las cosas que hizo. Fue un mal padre y un pésimo esposo, pero, al final de cuentas, fue mi padre. Creo que si pudiera decirle algo, sería eso. Decirle que las cosas que me enseño no fueron las mejores, pero que, por medio de sus golpes, aprendí a no vencerme por la adversidad, pero sobre todo me enseño el perdón. Aprendí que alguien por amor puede perdonar a la más cínica y descarada bestia que se disfraza de un hombre gentil, si puedes leer esto padre, solo quiero que sepas que te perdono.
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