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Thursday, April 03, 2025
Historia, Sociedad

Los sismos en México desde la historia

>Roxana Álvarez Roxana Álvarez
octubre 02, 2017

El pasado 19 de septiembre fue un día trágico para todos los mexicanos. Sea porque nos vimos afectados de manera directa, porque la información llegó a nosotros en un vaivén como marejada, porque salimos a las calles a ofrecer nuestra ayuda, porque nos convertimos en cuasi corresponsales para nuestros familiares y amigos avecindados en el interior de la República y en el extranjero, y sea también porque nos lastimó profundamente el dolor que se experimentó. Asimismo, en medio de los lamentables sucesos fuimos testigos de lo mejor y lo peor de nuestra humanidad y sociedad.

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La solidaridad, generosidad, empatía, arrojo y valentía se hicieron presentes. Lo mismo que el oportunismo, el pillaje, el amarillismo y, por más que nos vulnere decirlo; la falta de liderazgo por parte de las autoridades, así como la ausencia de prevención y de verdaderos protocolos de acción en caso de siniestro.

Como históricamente ha sucedido, fue la sociedad civil quien tomó el mando y se organizó para proporcionar ayuda y auxilio. Se hizo presente, pues, nuestro patriotismo y un claro rasgo de nuestra identidad: la solidaridad.

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Luego, la ayuda fluyó de todas las latitudes, allende fronteras y barreras de lenguaje, las instituciones castrenses dieron cuenta de su profesionalismo. No en vano la Marina se precia de tener la mayor credibilidad en el concierto de instituciones. Nuestros Topos; héroes de carne y hueso; y los binomios caninos, mejores amigos del hombre, hicieron gala de su valerosidad.

Bomberos, rescatistas, paramédicos, todos se hicieron presentes. Lo mismo que hombres y mujeres de todas las edades y profesiones que dieron su ayuda. México se unió y eso nos debe hacer sentir orgullosos pese al contexto. Para quien se preguntaba por el verdadero significado del ¡Viva México!; el 19 de septiembre nos dio la respuesta.

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Seguimos en alerta, es verdad, la ayuda aún es requerida y afortunadamente se ha manifestado. Empero, no podemos paralizarnos, sino que debemos retomar poco a poco nuestro ritmo habitual de vida. Por ello, resulta del todo oportuno y necesario contar con información ante una realidad innegable: vivimos en una zona sísmica y no existe tecnología alguna, ni poder mágico o sobrenatural, que nos permita prever los terremotos. Por lo que no es prudente creer en falsa información ni tampoco ser presas del miedo; sentimiento fatal que nos hace vulnerables y proclives a rumores que no aportan y sí lastiman.

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Por esta razón, les pido que vayamos a los hechos, escarbemos en nuestra memoria y hablemos de los sismos desde la historia, de las lecciones aprendidas. Por principio, una breve pero necesaria nota historiográfica; fue a raíz del temblor de 8.1 (MW[1]) en 1985 que los científicos sociales pusieron su atención en el estudio de los desastres naturales, más concretamente en el de los sismos.

Ahora bien, esto no significa que antes de aquel año nadie se hubiera ocupado de estos temas, pero el acercamiento se hizo desde una perspectiva muy particular: la de la historia económica. Este enfoque respondió al legado francés de la Escuela de los Annales, la cual fue fundada hacia 1929 por Lucien Febvre y Marc Bloch. Esta Escuela renovó la agenda de investigación de forma profunda, lo mismo que la metodología y la esfera conceptual. Su contribución al conocimiento es del todo meritoria y sigue dando frutos.

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Para el caso mexicano, Enrique Florescano, quien realizó sus estudios en Francia, fue pionero y gran mentor de generaciones de historiadores que se interesaron por el enfoque económico. En un principio, los estudios dieron cuenta de la trayectoria de los precios y la producción, lo que permitió identificar momentos atípicos que respondían a la presencia de desastres naturales (sequías, plagas, inundaciones).

Pero fue en aquel año fatal de 1985 cuando ocurrió una verdadera explosión de trabajos científicos que se propusieron dar cuenta de los terremotos. Lo que aquellas investigaciones pusieron de manifiesto superó cualquier expectativa. Multiplicidad de fuentes ofrecían noticias de los sismos a lo largo de la historia: códices, crónicas, diarios de viaje, elementos iconográficos, así como infinidad de corpus documentales en repositorios nacionales y extranjeros daban cuenta del conocimiento y conciencia que, a lo largo del tiempo, se han tenido sobre los desastres naturales.

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Se trata de una copiosa bibliografía que nos permitió, y permite, ahondar en la memoria sísmica que compartimos. Hacer una cronología en este momento me sería imposible, por ello, habrá una segunda entrega en la que con la intención de que viajemos en el tiempo y posicionarnos en cada sismo de nuestra historia para ofrecer detalles concretos.

Por ahora, permítanme adelantarles dos hechos que son fundamentales: El primero, la transformación de esos esfuerzos académicos del año 1985 en una herramienta práctica y valiosa: la alerta sísmica, producto nacional. La segunda consecuencia fue el puente que se estableció entre científicos sociales y duros, pues se generaron grupos de estudio inter e intradisciplinarios que de forma conjunta siguen realizando esfuerzos para conocer más sobre los desastres naturales.

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De momento, sobre lo que debemos reflexionar es acerca de las lecciones que nos ofrece la historia. La primera tiene un sentido negativo; es decir, a veces no recordamos lo suficiente, en 1985 se comprobó esta realidad y lamentablemente el 19 de septiembre del 2017 también.

Negligencia, falta de control, corrupción, desinterés, poca prevención, todo esto influyó en el desastre. Sin duda la lección ha sido tan terrible como ejemplar y espero que de ahora en adelante las revisiones estructurales, por parte de profesionales, se conviertan en rutina, sea que vivamos en una casa de una sola planta o en el décimo piso de un edificio, lo mismo que en nuestros lugares de trabajo.

Que los simulacros no dependan de un recuerdo doloroso cada septiembre, sino que sean obligación en todos los espacios; en casa, en el trabajo e incluso en los lugares de recreación. Que todos contemos con mochilas listas en caso de evacuación, pues los desastres naturales no son solamente sismos, pues también hay inundaciones, erupciones volcánicas, incendios, huracanes, tsunamis, tornados y debemos estar preparados.

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Confiemos en que el futuro nos depare momentos de unión en contextos favorables; en que la memoria esté más presente en nuestro día a día y que las lecciones aprendidas verdaderamente supongan acciones concretas. Pero sintámonos más que nunca orgullosos de nuestro país, de nuestros hermanos y de esa solidaridad que nos hace tan únicos. La tragedia nos mostró que no estamos solos, así que sigamos por ese camino de causas nobles comunes que compartimos y que son prueba fehaciente de que, sin duda, podemos y debemos ser mejores.